Cambian en un instante mis prioridades.
Me obligan a vivir en el presente, porque el futuro les queda lejos
y el pasado se olvida tan pronto como cierran los ojos en mi almohada,
o en mi pecho,
que apenas se mueve,
para que sueñen.
Sueñan.
Me sacan la sonrisa en el momento menos esperado,
me sorprenden, me descolocan, me desafían,
me ganan y me pierdo,
me buscan y me encuentro.
Si renuncio al egoísmo, el regalo es darme cuenta que mi tiempo es elástico y en él cabe todo. Caben todos. Y yo crezco y quepo más grande, más plena y enormemente seductora para todos mis crecidos sentidos.
No hay Buda más budista que una madre que ama a corazón abierto,
a teta disponible,
a desvelos de noches afiebradas,
a olor a fluídos varios,
a sábanas mojadas.
No hay más Cristo que madre que da vida, en cada día de vida.
No hay Dios más Dios que un niño o una niña con ganas de jugar,
ganas de mimos,
ganas de satisfacer sus propias ganas
y empaparse/empaparnos de amor.
A
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