Girando hasta perder el equilibrio comenzamos la marcha.
Paramos el coche en la carretera para fotografiar una Santolina o sacarla de raíz con cuidado, para curar las tripas cuando duele que las cosas son como son y no como queremos que sean.
En algún punto del viaje nos encontramos observando como vuelven a la superficie las piedras que nos tiraron en el pantano de la infancia,
las ondas expansivas se contraen tanto que estrangulan un foco de rabia,
un foco de vergüenza,
un foco de impotencia.
Hay que mojarse y hay que limpiar el paisaje de esas piedras que jamás merecimos,
atravesar el bosque y crear caminos.
Si tropezamos con nuestro ego, aprovechamos a lavarlo en agua de río para ver si encoge.
Si tropezamos con nuestros miedos, los dejamos volar al viento y ver cómo toman su dimensión exacta, volviéndose pequeñitos. Tan pequeñitos que desaparecen.
Si se clavan espinas en los pies,
es una invitación a mirar para abajo.
Si la cabeza duele,
duele perderse un poco,
duele soltar
des-controlar
y duele no saber bien como disfrutar del intervalo.
Al descifrar los signos encontrados es fácil emprender el regreso:
Me veo,
y veo a cada uno
con la simple grandeza que nos hace únicos,
imperfectos,
intrépidos,
imparables.





















La magia de las palabras, el sentido de una imagen, un lugar en el espacio, amor en todos los rincones, un sin fin de sentimientos... Una vida, dos vidas, tres... caminos llenos de linternas y paraguas
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