jueves, 7 de marzo de 2013

Deseo

Van pasando los años y una cree que ya ha logrado poner las cosas en su sitio.
Igual que al volver del mercado sabemos a qué cajón le pertenece la salsa de tomate, 
no dudamos en abrir el vino 
y despachamos al armario del baño el gran bolsón del papel higiénico,
una cree que los duelos, 
las ausencias que algún día se hicieron absolutamente insoportables, 
las ofensas que quitaron el sueño, 
ya encontraron su lugar específico
en el surtido catálogo del alma.
Sin embargo, a veces sólo falta un inocente gesto, 
un olor, 
una brevísima sonrisa, 
para que el deseo brote, 
de la misma manera impertinente que florece la margarita que tengo en la ventana, 
a la cuál con cierta indiferencia
la condené a la muerte de una helada.

Con un disparo mínimo y sutil,
imperceptible para muchos,
dulcemente emotivo para otros,
aparece rotundo e implacable,
y en todo su derecho 
mi deseo.
Estas ganas enormes de que dediques una sonrisa adrede
que me estires tus brazos,
que me beses
y por qué no, que un día, 
aunque sea en sueños, 
me digas vos también,
Mamá te quiero.






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